26 de enero de 2026

La ilusión del cumplimiento normativo: Cuando la "A" en el certificado no garantiza el bienestar del usuario

En un mundo dominado por etiquetas energéticas y sellos verdes, nos enfrentamos a una inquietante paradoja: edificios que, aunque administrativamente impecables, fracasan en su propósito más esencial: ser habitables.
¿Hemos reducido la sostenibilidad a un mero trámite burocrático, olvidando el bienestar real de las personas? Es momento de abogar por una arquitectura que trascienda el simple "cumplir por cumplir".

La evolución normativa en España, con las sucesivas actualizaciones del Código Técnico de la Edificación (CTE) y el Documento Básico de Ahorro de Energía (DB-HE), ha elevado, sin duda, los estándares mínimos de calidad en nuestras edificaciones. Sin embargo, persiste una peligrosa confusión, tanto en el mercado inmobiliario como en parte del sector técnico, que asocia el cumplimiento normativo estricto con la excelencia prestacional. Nada más lejos de la realidad. La normativa establece los mínimos aceptables de seguridad y habitabilidad, pero rara vez define las condiciones óptimas para una vida confortable.

Eficiencia no es sinónimo de Confort

Es frecuente encontrar promociones que lucen con orgullo una Calificación Energética "A", vendida como la panacea de la sostenibilidad. Sin embargo, desde la perspectiva técnica, sabemos que un edificio puede ser extremadamente eficiente en términos de demanda teórica y consumo de energía primaria no renovable, y ser al mismo tiempo un lugar hostil para sus ocupantes.

El problema radica en que los modelos de cálculo normativo (HULC, CE3X, etc.) son herramientas de verificación administrativa bajo condiciones estandarizadas de uso. No alertan del sobrecalentamiento puntual, no evalúan las asimetrías radiantes que generan incomodidad y no valoran adecuadamente la calidad del aire interior más allá de las renovaciones por hora estipuladas.

La brecha entre simulación y realidad

Un ejemplo claro de esta disonancia lo vemos en la gestión de las ganancias solares. Un diseño puede cumplir con el límite de consumo de energía para refrigeración mediante sistemas mecánicos de alto rendimiento (bombas de calor eficientes), obteniendo una excelente calificación. Sin embargo, si el diseño pasivo es deficiente —falta de protecciones solares, inercia térmica mal calculada o vidrios inadecuados—, el usuario vivirá en un "termo" que le obligará a depender constantemente de la maquinaria para evitar el estrés térmico.

La eficiencia se mide en kWh/m²·año; el confort, en cambio, se mide en la ausencia de sensaciones térmicas desagradables, en la calidad acústica y en la salud ambiental. Cruzar ambos datos requiere ir más allá del checklist normativo del CTE.

La consultoría energética como herramienta de diseño, no de justificación

Aquí es donde el papel del arquitecto consultor y especialista en sostenibilidad adquiere un valor crucial. La sostenibilidad no puede ser un barniz que se aplica al final del proyecto para "cumplir con los números". Debe ser una estrategia integrada desde las primeras fases del diseño.

El verdadero trabajo de consultoría no consiste en introducir datos en un software para obtener un certificado. Implica:

  • Simulación dinámica: Analizar el comportamiento del edificio hora a hora, considerando la inercia térmica y las cargas internas reales, más allá de las herramientas normativas estacionarias o cuasi-estacionarias.
  • Análisis de puentes térmicos: No sólo para cumplir la transmitancia media, sino para evitar patologías futuras (condensaciones, moho) que afectan directamente a la salubridad.
  • Estrategias pasivas: Priorizar la arquitectura sobre la tecnología. Un buen diseño bioclimático reduce la necesidad de instalaciones complejas y costosas de mantener.

La intervención experta en las fases iniciales del proyecto permite detectar, por ejemplo, que quizá no se necesita más aislamiento en la fachada (que podría ser contraproducente en verano si no se gestiona adecuadamente la disipación térmica), sino una mejor ventilación cruzada o un control solar móvil.

La singularidad climática: El reto del archipiélago canario

Si extrapolar normativas es arriesgado, hacerlo en un contexto tan singular como el de Canarias es una imprudencia técnica. La normativa nacional, diseñada principalmente bajo una lógica continental de "calefacción dominante", necesita ser reinterpretada y adaptada a la realidad subtropical del archipiélago.

En Canarias, el desafío principal raramente es el frío extremo, sino el sobrecalentamiento y la humedad. La "arquitectura necesaria" en Canarias debe gestionar eficazmente la radiación, tanto difusa como directa, y aprovechar los vientos alisios como un recurso natural de refrigeración. Un proyecto que cumpla con el DB-HE en Madrid podría resultar inviable en Las Palmas de Gran Canaria o en el sur de Tenerife si no se ajustan parámetros clave como el factor solar de los huecos o la permeabilidad al aire de manera específica y contextualizada.

Hacia una sostenibilidad integral

Debemos superar la visión de túnel que se enfoca exclusivamente en el ahorro energético en kilovatios. La verdadera sostenibilidad —aquella que perdura en el tiempo— coloca al usuario en el centro. Un edificio que consume poco, pero compromete la salud o el confort de sus habitantes no es sostenible, es simplemente una máquina eficiente pero defectuosa.

El cumplimiento normativo es un requisito ineludible; sin embargo, garantizar el confort y la salud de los usuarios es una responsabilidad ética y profesional. Lograrlo requiere conocimiento especializado, herramientas avanzadas y, sobre todo, una voluntad técnica para cuestionar soluciones estándar y buscar la respuesta óptima para cada proyecto y cada clima.

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