Existe una tendencia persistente en la arquitectura contemporánea a reducir el comportamiento térmico de un edificio a una única cifra: la transmitancia térmica (el famoso valor U). Diseñamos y prescribimos materiales basándonos en un régimen estacionario -un laboratorio donde las temperaturas interior y exterior permanecen inalteradas eternamente-, ignorando que el clima real es un pulso dinámico y vivo.
En ese escenario real, donde el sol golpea la fachada a mediodía y la temperatura cae durante la noche, surgen tres conceptos que con frecuencia se confunden, se solapan o se intercambian erróneamente en los despachos de arquitectura: masa térmica, difusividad térmica e inercia térmica.
Asumir que un muro pesado garantiza por sí solo confort térmico, o que la inercia y la difusividad son la misma propiedad con distinto nombre, es la causa directa de patologías térmicas graves: desde edificios que se convierten en hornos nocturnos en climas cálidos hasta espacios que demandan picos desproporcionados de climatización.
En este artículo desgranamos la física de la edificación en régimen transitorio para comprender cómo interactúan estas tres magnitudes, desmontar mitos arraigados y aprender a proyectar la envolvente como un auténtico amortiguador bioclimático.


