20 de junio de 2016

Climatización por control de la humedad


La temperatura del aire es la principal referencia que todos tenemos de cara a saber las condiciones climáticas del entorno.
Para saber si hace calor o frío, miramos el termómetro pero, sin embargo, la temperatura es sólo uno de los factores que intervienen en la obtención del confort.
Otro aspecto -tanto o más importante que aquel- es la humedad relativa del aire.


Un clima con temperaturas suaves, se puede volver entumecedor en invierno y bochornoso en verano a causa de una elevada humedad relativa. Por el contrario, un clima menos moderado puede sentirse más agradable gracias a una humedad relativa del aire moderada.

Esto se debe a la acción conjunta de dos fenómenos:

Por un lado, el aire es mejor conductor térmico a medida que aumenta su humedad relativa, por lo que en un ambiente húmedo, el calor o frío exterior pasará de forma más fácil a nuestro cuerpo.

Por otro lado, el exceso de humedad relativa en verano reduce, e incluso anula, uno de nuestros principales mecanismo de refrigeración -la sudoración-. El cuerpo exhuma agua que, en contacto con el calor exterior, cambia de estado -de líquido a gaseoso- absorbiendo en dicho proceso gran cantidad de energía o, lo que es lo mismo, calor. Sin embargo, si el aire está saturado, o con un nivel de humedad relativa muy alto, este proceso tiende a ralentizarse e incluso detenerse, con lo que el sudor permanece en estado líquido y nosotros no sólo seguiremos acalorados sino que nos empaparemos, resultado esa desagradable sensación de pegajosidad.

Sin embargo, en invierno la alta humedad relativa tiende a "mojar" nuestra ropa o mantas, haciendo que éstas pierdan gran parte de su propiedad aislante ante la pérdida del calor corporal y si además, parte de esa humedad se evapora en el ambiente, tomará calor del mismo, produciendo así aún más frío.

Por tanto, podemos decir que una alternativa para acondicionar nuestros ambientes -o por lo menos en parte- a los tradicionales equipos para enfriar el aire o calentar los espacios puede ser el desecarlos.

Para ello, existen principalmente dos sistemas: a través de los deshumidificadores -ya sean de condensación o de adsorción- o a través de sistemas pasivos.



Los primeros son aparatos que se instalan en los espacios a desecar o en las conducciones del aire y que mediante sistemas mecánicos enfrían el aire para condensarla y posteriormente la recalientan para devolverle su temperatura original (frigoríficos o de condensación) o que emplean elementos como el sílice para atrapar la humedad (desecante o de adsorción).

Los segundos no son aparatos en si, sino todo un sistema basado en un correcto diseño bioclimático de la vivienda por el cual, el aire del ambiente es recogido y enfriado para que condense el exceso de humedad y posteriormente se produce su calentado para acondicionarlo. A estos fenómenos se le suman las propiedades higrométircas de algunos de los materiales empleados que terminan de absorber la humedad haciendo más eficiente el sistema.

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